Custodiar una idea de por vida
Una reflexión sobre explorar los límites del conocimiento y desarrollar ideas durante décadas.
Hace poco terminé de volver a leer el libro Agujeros negros y tiempo curvo, de Kip S. Thorne. Para quien no lo conozca, Thorne es un astrofísico de enorme reputación del California Institute of Technology que, junto a figuras como Roger Penrose, Stephen Hawking y otros grandes físicos del siglo XX, ha dedicado su vida a comprender y extender el legado de Albert Einstein a principios del siglo pasado.
En la cultura popular, Kip Thorne se hizo especialmente conocido por haber sido asesor científico de la película de 2014 Interstellar, dirigida por Christopher Nolan. Si la has visto, recordarás seguro el agujero negro Gargantúa y la dilatación temporal extrema que sufren los protagonistas al acercarse a él. La física que se observa en la película es rigurosa salvo, claro, las inevitables licencias cinematográficas. Especialmente en la representación visual del agujero negro, donde se aprecia el horizonte de sucesos y el disco de acreción, tanto en el plano como desdoblado en un anillo, debido a la enorme gravedad del agujero.
En el mismo libro, Thorne habla de Subrahmanyan Chandrasekhar, una figura clave en la comprensión de las enanas blancas, los núcleos remanentes de estrellas con una masa similar a la de nuestro Sol. Chandrasekhar nació en la India, creció rodeado de intelectuales —su tío ganó un Premio Nobel—, se graduó con honores en la Universidad de Madrás y, siendo apenas un estudiante, formuló una idea que cambiaría para siempre la astrofísica estelar. Pero tardó décadas en ver su trabajo plenamente reconocido. Décadas dedicadas a trabajar en el mismo problema.
Pero este no es un artículo sobre física. Sino que es una reflexión sobre personas como Thorne, Chandrasekhar y un montón más de científicos, que han dedicado toda su vida a explorar más allá de los confines del conocimiento humano. No sólo porque eso fuera su medio de vida, sino porque se convirtió en su razón de ser en este mundo.
En informática también hay ejemplos claros de esto. Personas como Linus Torvalds, Guido van Rossum o James Gosling no “trabajan con” una tecnología concreta. La crearon, la defendieron, la refinaron y la siguen cuidando desde hace décadas.
La diferencia entre físicos e informáticos es que los primeros suelen abordar problemas fundamentales, mientras que los segundos trabajan en problemas técnicos. Los primeros buscan la verdad última sobre las leyes que rigen el universo, mientras que los segundos custodian una idea o una tecnología que ha cambiado el mundo.
Linux, Python o Java no son descubrimientos naturales. Son artefactos humanos. Sistemas que existen porque alguien decidió hacerse responsable de ellos y custodiarlos durante décadas. No como un proyecto, sino como una idea que merece ser preservada, incluso cuando deja de estar de moda.
Esto contrasta mucho con el mundo de las empresas tecnológicas. Por lo general, las personas que trabajan en tecnología cambian de proyecto, de equipo o de empresa cada pocos años. Son organizaciones diseñadas para crecer y reorganizarse constantemente. No es algo necesariamente malo. Es la dinámica natural del sistema. Es su propósito.
Pero esa dinámica actúa como una fuerza centrífuga. Te empuja fuera del núcleo técnico. Te aleja, poco a poco, de cualquier posibilidad de custodiar una idea durante décadas. Además, tu trayectoria depende enormemente del sector en el que trabajes. No es lo mismo la consultoría que el desarrollo de productos. Ni es lo mismo el sector de gestión de contenidos que el del fintech.
Quizás no sea una cuestión de talento individual lo de no dedicarse toda una vida a custodiar una idea, sino una cuestión de hábitat.
A veces da la sensación de que hemos perdido la capacidad de comprometernos profundamente con una sola cosa. Pero quizá el problema no sea ese. Quizá no nos falte vocación técnica. Quizá nos falten entornos en los que esa vocación pueda sostenerse durante treinta años.
Custodiar una idea requiere tiempo y financiación. Sobre todo, financiación. Requiere aceptar que el impacto real puede no ser inmediato, lo cual es lo contrario de lo que busca la industria tecnológica en la actualidad.
Yo no sé si podría dedicarme toda la vida a trabajar en lo mismo. Cuando paso demasiado tiempo en un mismo proyecto, aparece la monotonía. Y con ella, la necesidad de nuevos retos. Y la necesidad de cambio. Supongo que se lo debo agradecer a mi cableado interno, a mi neurodivergencia (para lo bueno y para lo malo).
Pero lo cierto es que, aun así, envidio, en el mejor sentido de la palabra, a quienes han sido capaces de dedicarse en cuerpo y alma a una sola idea. A quienes la han mimado durante décadas. A quienes han llegado donde nadie había llegado antes.
No porque quiera ser como ellos. Sino porque reconozco el valor y la dificultad de ese tipo de compromiso.
Tal vez no todos estamos hechos para custodiar una gran idea. O tampoco todos tenemos una gran idea que merezca ser custodiada. Tal vez algunos estamos hechos para explorar, conectar, mover ideas de un lugar a otro. La ciencia y la ingeniería necesitan ambas cosas.
¡Muchas gracias por leerme!


