Infoxicación
Un intento por eliminar la información de baja calidad de mi vida, y disponer de más tiempo para pensar
La semana pasada operaron a mi madre. Nada complicado, pero tuvimos que pasar el día entero en el hospital. Fue el mismo hospital donde yo nací y en el que pasé muchísimo tiempo cuando era chico. Primero, por una enfermedad a los cuatro años que se prolongó durante varios años de idas y venidas, y después, por otra serie de eventos que marcaron mi infancia entre aquellas paredes. Ese día que pasé allí, acompañándola, me trajo muchos recuerdos, pero, sobre todo, me devolvió, brevemente, algo que hoy parece un lujo: tiempo para pensar.
Porque si algo te da un hospital, es tiempo para reflexionar sobre la vida, la salud, la familia, tus proyectos… tanto si eres el paciente como el acompañante. Sin embargo, esa introspección está en peligro de extinción. Mientras antes tenías alguna hora para mirar el techo, hacer un crucigrama o leer una revista, ahora todo el mundo está pegado a su teléfono, rellenando cada resquicio de silencio con entretenimiento rápido. Y los podías ver, habitación por habitación, como prácticamente todos estaban conectados al móvil.
Pero esto no es exclusivo de los hospitales. Nuestra cotidianidad está saturada de momentos muertos que anestesiamos con el móvil: la cola del supermercado, el transporte público, la sala de espera del médico… Siempre hay un hueco para sacar el móvil y perder el hilo de nuestros propios pensamientos. Recuerdo cuando iba al instituto en el autobús y miraba por la ventana, pensando en veinte mil cosas: la campaña de rol que preparaba, la chica que me gustaba o ese lenguaje de programación que estaba aprendiendo.
Ahora, todo ese espacio se está perdiendo.Y sería importante recuperarlo.
En neurociencia existe un concepto llamado la Red Neuronal por Defecto (Default Mode Network). Es una red cerebral que se activa precisamente cuando no estamos enfocados en una tarea externa. Cuando “miramos por la ventana” o dejamos que la mente vague, nuestro cerebro no se apaga. Al contrario, se activa. Es cuando se dedica a consolidar la memoria, a evaluar problemas y a conectar ideas inconexas. Al llenar cada segundo con scroll infinito, estamos saboteando el proceso biológico que da origen a la creatividad.
Yo, que soy corredor habitual, suelo aprovechar el entrenamiento para escuchar podcasts o audiolibros. Es un momento que valoro porque aprendo cosas nuevas, pero me he dado cuenta de que, a veces, incluso ese contenido “de valor” me está privando de procesar mi propio día. En cambio, cuando salgo a correr por la montaña los fines de semana —sin auriculares y sin compañía—, mi cabeza es una explosión de ideas. Es un momento mágico en el que la mente, libre de estímulos externos, empieza a trabajar en segundo plano.
Me he dado cuenta de que mi cabeza es una olla a presión: cuando le doy tiempo, las ideas fluyen, la magnitud de los problemas disminuye y las soluciones aparecen casi por sí solas. El análisis requiere tiempo de proceso. Si no te lo das, las ideas no llegan y el precio a pagar es alto: tu salud mental, tu creatividad y tu productividad.
Como dice Cal Newport en su filosofía de Deep Work, la capacidad de concentrarse sin distracciones y dedicar tiempo al pensamiento profundo se está convirtiendo en una escasez de ventaja competitiva en nuestra economía actual. El aburrimiento es necesario para ser productivo.
Lo que antes era cotidiano, ahora es un negocio: mindfulness, retiros espirituales o vacaciones de desconexión… todo para recuperar algo que hemos cedido voluntariamente a cambio de dopamina barata.
He decidido tomarme esto en serio. He empezado a marcarme un objetivo de 60 minutos diarios de uso del móvil, incluyendo leer correos, hacer compras o echar un vistazo a las redes sociales. Y además, hacerlo exclusivamente cuando no estoy con mis hijos. He dejado el teléfono fuera de mi alcance habitual y no uso los ordenadores para las redes sociales para evitar la tentación. No creo que la solución sea la ignorancia ni desconectarse de la actualidad, pero sí creo que es vital distinguir entre estar informado y sufrir una “infoxicación” que nos impida pensar por nosotros mismos.
Limitar el consumo de contenido de baja calidad no es solo una cuestión de etiqueta. Es una cuestión de higiene mental. Al final, las mejores soluciones a nuestros problemas no suelen estar en una pantalla, sino en el silencio que dejamos para que aparezcan.
¡Muchas gracias por leerme!



Estoy de acuerdo. Vamos todo el día corriendo como pollo sin cabeza y el poco tiempo que nos queda lo dedicamos al correo, redes sociales, etc cuando deberíamos dedicarnos a desconectar porque sin eso no hay creatividad.