Soledad y aislamiento en el trabajo
Una reflexión sobre la soledad, el trabajo en remoto y la necesidad de tener calidez humana
El jueves pasado murió mi gato. Se llamaba Tito y tenía 13 años. Era un precioso gato persa de color pelirrojo y ojos como la miel. Lo adopté cuando vivía en Londres, en un apartamento en Mile End por el que se colaba algún ratón a visitarnos de vez en cuando. Pero a Tito nunca le interesó la caza. Lo que le gustaba era pegarse la buena vida: dormir, comer, que le acariciaran… y, a veces, se permitía el lujo de hacer algo de ejercicio, como correr detrás de alguna mosca.
Era un buen gato y nunca me imaginé el vacío que dejaría en mi vida. Al menos hasta que me acostumbre a su ausencia. Y no está siendo fácil. En un ojo ajeno puede parecer un simple gato, pero para mí era un signo de vida que deambulaba por la casa. Su presencia me hacía compañía y su ausencia me recuerda lo duro que puede ser estar solo. Y no quiero frivolizar con este tema. Tengo una familia estupenda, con dos hijos maravillosos que ya se encargan de que no haya un atisbo de silencio cuando están en casa. Así que no, no estoy solo. Sé que estar solo en la vida es otra cosa y no voy por ahí con mi reflexión.
Pero sí que paso mucho tiempo al día en soledad. Desde que me volví de Inglaterra en 2014, he trabajado desde casa. Mi mujer trabaja fuera y los niños van al colegio. Así que paso muchas horas solo. Y Tito era mi compañero en esta soledad. Siempre venía a dormir la siesta a mi mesa o a sentarse en mi regazo mientras yo trabajaba. Cuando me levantaba a por un café o una fruta, él me seguía. Si no, yo iba a buscarle al sofá, o donde estuviera acostado, para decirle cualquier tontería: «Qué buena vida te pegas, ¿eh, Tito?». Puede parecer insignificante y quizás lo sea. Pero ahora me doy cuenta de lo importante que eran esos momentos. En una o dos semanas habré asimilado la pérdida. Pero estos días, mientras me voy acostumbrando a su ausencia, reflexiono mucho sobre el aislamiento.
Uno de los mayores problemas del trabajo en remoto es, precisamente, el aislamiento. Durante la pandemia, muchos pensaron que trabajar desde casa sería una maravilla. Por aquel entonces yo ya llevaba un buen puñado de años trabajando en remoto y sabía que mucha gente lo iba a pasar realmente mal. Trabajar en remoto es fantástico, pero el mayor precio que se paga es la pérdida de la calidez humana y de la compañía de los compañeros. Hay estudios que coinciden en que el teletrabajo genera sentimientos de soledad, que empeoran ante una comunicación virtual inadecuada y ante la ausencia de vínculos interpersonales. Esta soledad se debe a la falta de interacción física y de entornos sociales estructurados, lo que agrava las sensaciones de desapego, provoca tensión emocional y reduce el rendimiento laboral.
Yo, que por lo general prefiero la soledad, sé de la importancia de desarrollar las habilidades sociales. Para mí es una máscara más que pongo sobre mi personalidad real, pero es muy necesaria. Es agotador, pero sé que si no lo hago me aislaré. Dejaré de tener amigos, dejaré de quedar con gente y acabaré siendo un ermitaño. No quiero eso. Los seres humanos somos seres sociales y necesitamos pertenecer, formar y mantener relaciones. La soledad, definida como un tipo particular de tristeza derivada de la ausencia de relaciones sociales, puede afectar a cualquier persona. Estudios recientes estiman que entre el 40 % y el 48 % de los adultos experimentan soledad y la Organización Mundial de la Salud considera que afecta a uno de cada cuatro adultos en el mundo.
Sin desvariar más el asunto ni ponerme muy filosófico, quiero llevar esta reflexión a la importancia de las interacciones sociales cuando trabajamos de forma remota. Si no se cuidan, el 100 % de las interacciones a través de los sistemas de comunicación de la empresa se reducen a temas puramente laborales. Terminas trabajando con desconocidos y no con compañeros. Resulta imposible empatizar con ellos, desarrollar una inteligencia emocional compartida y, al final, el trabajo se vuelve mecánico y frío. La reducción de los contactos informales y de las interacciones espontáneas limita la cohesión de los equipos y dificulta la construcción de nuevas relaciones. Además, el trabajo desde casa se asocia con cambios de humor, irritabilidad, ansiedad y dificultades de concentración. Sin apoyo social, estas sensaciones pueden desembocar en depresión y burnout.
Por eso, es fundamental que las empresas con equipos en remoto fomenten las interacciones sociales entre sus empleados. No hablo de reuniones obligatorias ni de actividades forzadas. Hablo de crear espacios y oportunidades para que la gente pueda interactuar de forma natural. Puede ser un canal de chat para temas no laborales, una reunión semanal para charlar de cualquier cosa, un café virtual… lo que sea, pero hay que fomentar esas interacciones.
También se pueden organizar encuentros presenciales de vez en cuando y fomentar que los equipos realicen eventos offsite cada cierto tiempo. Los managers también pueden habilitar espacios en sus equipos remotos para que la gente pueda charlar sobre temas no laborales. Se pueden hacer las reuniones en un ambiente informal, permitiendo a la gente compartir cosas personales si lo quiere. Es mejor dedicar diez minutos de una reunión a charlar de cosas personales y dejar algún tema de la agenda para discutirlo de forma offline, asincrónica.
Otra de las claves está en la flexibilidad horaria. Si el empleado quiere ir al gimnasio o realizar alguna actividad a mitad de la jornada laboral, debería poder hacerlo. Aunque en este caso no se desarrollen relaciones sociales entre empleados, sí puede ser una buena vía de escape para quienes trabajan en remoto.
Muchos piensan que el problema de trabajar en remoto es la falta de control o la dificultad para coordinarse, pero esos problemas tienen fácil solución. Ahora bien, si se descuida el aspecto social, el desastre está asegurado. Se termina con personas de baja moral, desmotivadas y, posiblemente, con problemas de salud mental. La soledad y el aislamiento se relacionan con un mayor riesgo de depresión, ansiedad, estrés y burnout, así como con síntomas físicos y psicológicos, como irritabilidad y desgaste mental.
En definitiva, la soledad que deja Tito en mí no me va a hundir, pero sí me ha servido para recordar que el aislamiento no es un asunto trivial. Sé de gente que terminó muy mal por el aislamiento del trabajo en remoto, porque su empresa no le dio importancia a la parte social. En la empresa en la que estoy, Technosylva, tengo la suerte de que se cuide este aspecto. Es de agradecer. Yo, por mi parte, seguiré trabajando para que mi equipo disponga de esos espacios para forjar vínculos y desahogarse.
¡Muchas gracias por leerme!


